Los días transcurren en la capital de nuestro querido México. Ríos de individuos caminan diariamente a enfrentarse con la aplastante y triste realidad en los puntos de engorde que la sociedad les ha asignado para poder existir de una manera que ha sido planeada de manera quirúrgica. Los rostros son variados pero todos con una constante: la añoranza de correr y no voltear más. Remando en círculos, no hay opción, lo tomas o lo dejas. Nuestros representantes en la máxima tribuna del país, se muestran insensibles ante la situación de sus representados. Se busca llegar a puntos de acuerdo donde sólo se persigue el acomodo y florecimiento de intereses personales. Estamos olvidados. La vida es una constante elección, el infierno de la elección. Se desobedece internamente, pero en la acción, en la exteriorización, la mayor parte de la población tiene que traicionar sus pensamientos para no ser llevados a la cárcel. El colectivo deshinibe al individuo a todos los niveles. Escuchamos silbidos casi tribales en un lugar donde esperamos raciocinio, acuerdo y mejoras a las leyes que rigen nuestra sociedad. Esa sociedad que se muestra cada vez más nerviosa, ansiosa, con sed de sangre. Buscan matar a alguien con sus propias manos para ser purificados y paliar su desgracia. La felicidad se reduce a ganar batallas fútiles tales como un lugar en el tránsito, en el transporte público, en la fila del súper etc. Todos los personajes buscan imponer su voluntad. El que detenta el poder intenta establecer que aún cuenta con éste y que la obediencia debe ser un acto efectivo. El tiempo no para, es implacable en cuestión cuantitativa, pero en ciertos sectores de la población la situación sigue siendo la misma, no existe progreso: niños mueren de diarrea, no conocen el significado de la palabra futuro, viven en cuevas etc. Y no se trata de ser estúpidamente conmovedor, se trata de indignación. Se debe buscar la justicia, entendiéndola como darle a cada quien lo que necesita para vivir de una manera digna. En la semana pasada, encontramos un poco de congruencia, en donde sinceramente no lo esperaba, se llegó a razonar con apego a la legalidad. Las voces de la intransigencia escudada en la legitimidad, concepto que no creo conozcan del todo, buscan mantenerse en la agenda dando palos de ciego, yendo de la resistencia al rídiculo para finalmente llegar a la enajención. La legalidad llegó, aunque con cierta timidez, a la presidencia de la Mesa Directiva, se reconoció por fin que a pesar de las cuestiones partidistas y de la empatía hacia ciertos personajes de los últimos dancin´ days, las cuestiones del país se deben de atender de la manera correcta y llamando a cada quién como le corresponde. (omito los nombres, todos los sabemos no???) Se trató de una simple cuestión de obediencia, las propias leyes nos brindan un marco para la desobediencia, pero no existe opción, la legalidad se impone, siento que es una manera elegante de llamarle a la ley de heródes. Despúes de resistir, gritar, creer que se imponía la voluntad… triste realidad, cruel y despiadada. No pasa nada.